Invierno

Quise acostarme a dormir en invierno y no volver hasta oír brotar las primeras torrenteras. Lo que ocurrió entre medias fue cosa de nada. Oculto quedó todo debajo de la escarcha y la niebla. Sentí a lo lejos pisadas de hojas rotas. El estruendo de alguna alimaña o de alguna mujer furtiva. Breves signos de supervivencia alejándose en la distancia. Volverán las cosechas y la locura pero mientras tanto era mejor guardar silencio y esperar. Fue inútil hacer por hacer en aquel tiempo de letargo. Sí, realmente fue inútil. Mejor esperar dormido en el suelo, con el rostro arrimado a la lumbre y el cuerpo envuelto en una manta de esparto. Afuera el aire era afilado y el humo de la chimenea ascendió enjuto amordazado por el frío. No fue tiempo de pensamientos ni ambiciones. Fue cuestión de permanecer agazapado tras los cristales de la ventana mirando las ramas peladas sin buscar una explicación que no llegaría. No había terminado de respirar aquel nuevo día y ya se había rendido dócil a la oscuridad y a la helada. El latido volvió de nuevo a detenerse. Pronto se ahogó aquel primer destello de esperanza. El amor almacenado en mi pecho quedó congelado como una bocanada de aliento sobre el cristal profundo de los sueños.
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