Mi nombre es Giaco, Giaco Burns

Mi nombre es Giaco. Giaco Burns. Soy escritor de novela negra y detective. Hace algunos años que me dedico a esta profesión. Llegue a ella por casualidad. Me refiero que no fue algo para lo que un día me propusiera estudiar. En realidad creo que para estas cosas no se estudia. Es algo que se aprende con la dedicación. Y la dedicación es emplear todo el tiempo posible a curiosear y luego escribirlo y contarlo. Salir a la calle, comenzar a caminar sin rumbo, sin preocupación y dejarse sorprender por las cosas que van sucediendo a tu alrededor. Es entonces cuando el misterio aparece sólo. Lo único que se necesita es estar abierto y dispuesto a hacerse preguntas. “Mira ese tipo que camina por la otra acera. Lleva una gabardina beige y un sombrero de fieltro en la cabeza. Pero lo curioso es que va acarreando una bicicleta en la que no se puede subir porque las ruedas están pinchadas. ¿A dónde irá con ella? ¿Qué le habrá pasado?” 

Estudie para contable y trabajé durante algunos años en un despacho de Halsey Street muy cerquita de la Highland Park. Era un local a pie de calle en el que nos hacinábamos unas cuantas personas. Las mesas estaban colocadas de manera impredecible para que pudiéramos caber todos los chupatintas que allí dejábamos caer nuestros huesos todos los días del año. Mi mesa estaba al fondo del todo, en la parte más oscura y húmeda, junto a un ventanuco que se abría sobre el patio de luces. Los días que llovía me gustaba escuchar el ruido del agua que salía de los canalones y que se desparramaba por las baldosas del suelo, la mayoría levantadas y desajustadas. Los días de sol las vecinas se asomaban a la ventana a charlar entre ellas y yo me quedaba embobado escuchando sus conversaciones. Para alcanzar mi mesa cada mañana tenía que sortear un montón de sillas, percheros, máquinas de escribir, armarios desvencijados, torres de carpetas mugrientas y ceniceros repletos de colillas, algunas aún humeantes. Fui de los primeros en llegar a aquella ratonera así que, según fueron apareciendo nuevos galeotes me fui quedando poco a poco sedimentado en las capas de atrás de la oficina. Cuando llegaba un nuevo reo se colocaba como podía en algún lugar más cercano a la puerta. El mobiliario corría de cuenta de cada uno así que para empezar a trabajar y que te pagaran tenías que traer una mesa, una silla, una estufa si no quería pasar frío y un perchero si querías dejar el abrigo en alguna parte. Tampoco era muy complicado hacerse con ellos ya que, no muy lejos de allí, había un descampado en el que la gente con posibles arrojaba lo que no quería. Cuando el recién llegado se sentaba por primera vez el jefe le arrojaba encima un fardo de facturas para que empezara a contabilizarlas. Así, de esta manera, quedaba bautizado y empezaba a formar parte de la logia de los ratones contables.

Trabajábamos en condiciones insalubres pero la empresa debía ir viento en popa porque cada día antes de entrar éramos más gente esperando a la entrada esperando por Charlie, el bedel cojo y jorobado, que llegaba para abrir la trapa metálica de la puerta. Además las torres de papel de las mesas no paraban de crecer. Desde mi puesto de guerra en la retaguardia, sepultado y bendecido con un “descanse en paz”, apenas podía ver al resto de los ratones contables. Nos comunicábamos a voces entre nosotros y creo que todos habíamos abandonado la idea de contestar las llamadas de los demás cuando su teléfono sonaba insistentemente y nadie lo cogía. Imposible intentar llegar a él para descolgar antes de que el cacharro dejase de sonar. Había que sortear tantos obstáculos que casi no merecía la pena intentarlo.

Normalmente a mi me solían dejar las contabilidades más enrevesadas que no por casualidad solían coincidir con los expedientes más turbios. Eran aquellas en las que no había manera de hacer coincidir el activo con el pasivo. Cuando ocurría algo así el jefe venía y decía: “Pásaselo a Giaco que seguro que a él no se le resiste”. Efectivamente era una cuestión de paciencia o mejor dicho de obsesión por querer llegar al otro extremo del hilo. Curiosidad insoportable por querer alcanzar al fondo del asunto para que todo cuadrase. Sin prisa me ponía a revisar una por una todas aquellas facturas y me detenía en cada uno de los importes que por una razón u otra olían a chamusquina. Pasaba horas al teléfono llamando aquí o allá para tratar de sacar información, descubrir una pista y averiguar si “quizás por casualidad” el cliente había tratado de ocultar algo para que no apareciera en los libros de cuentas. Algún chanchullo de esos gordos que ni la policía quería investigar. ¡Quién sabe! ¡Nada era lo suficientemente peliagudo como para que Giaco Burns, el ratón contable más pertinaz, diera con el quid de la cuestión!

Muchos casos de infidelidades pasaron por mis manos. Surgían como gastos difíciles de explicar. A lo mejor un taxi a media noche que se detenía a la puerta de un hotel de lujo y del que con cierta premura se apeaba una pareja medio borracha. Ella, melena rubia despampanante vestía un vestido de noche escotado tipo charlestón y unos zapatos de tacón interminables. Él, pelo engominado y algo revuelto portaba un traje de raya diplomática y un abrigo ceñido. Levemente, debajo del brazo, oculto tras la chaqueta se apreciaba un bulto imperceptible que aparentaba ser una pistola. Sin duda era el capo de la compañía y había llegado hasta el origen del tinglado. No era fácil descubrir este tipo de embrollos y además corrías el riesgo de meterte en problemas. Pero ya os he contado que nada se interponía delante de Giaco Burns y que la necesidad de llegar hasta el final del túnel era mucho más poderosa que el miedo que los obstáculos me podían hacer sentir. Muchas veces era necesario arriesgar y moverse al lugar de autos para poder deducir que aquellas facturas se habían hecho desaparecer de manera alevosa para ocultarlas de la contabilidad de la empresa. La prueba de fuego irrefutable que justificaba la infidelidad de aquel maleante de cuello blanco delante de su mujer y por qué éste no había vuelto a casa aquella noche.

Tuve muchos casos de estos durante aquellos años. Fueron los años anteriores al crack de la Bolsa y muchos de nuestros clientes se dedicaban a asuntos algo más que turbios. Yo era tenaz en mis investigaciones y sabía ganarme la confianza de los subordinados o de los recepcionistas para que me ayudaran a encontrar las pruebas necesarias para demostrar que si aquellos balances no cuadraban no era por casualidad. Ninguno de los otros ratones contables estaba dispuesto a pasarse una noche a la intemperie. padeciendo la lluvia y el frío apostados detrás de la farola de un callejón esperando a que llegara un camión vacío dispuesto para ser cargado con un millar de cajas de alcohol de contrabando que por supuesto después nunca iban a figurar en los libros de mayor de la compañía. Como tampoco aparecería por ninguna parte el dinero que luego se repartirían los gansters que protegían el furgón. Nadie estaba dispuesto a trepar por la escalera de incendios para encontrar alguna pista que pudiera explicar por qué alguien anónimo, desde un teléfono público, había denunciado un robo de dinero ante la compañía de seguros sin que las alarmas se hubieran activado. Un agujero contable de estas características sólo podía provenir de alguien muy cercano a la compañía desvalijada y posiblemente su sombra ya había desaparecido en un vuelo precipitado para Cuba.

Recordados así, hacia atrás, aquellos años habían sido buenos tiempos. Aunque he de confesar que en más de una ocasión di con mis huesos en el hospital después de una buena paliza. Y que una noche de invierno estuve a punto de convertirme en fiambre en el barrio de Bronx si no hubiera sido porque justo cuando me estaban apuntando con la pistola aparecieron varios coches de mafiosos pertenecientes a una banda de otro sector de la ciudad disparando a quemarropa sus metralletas. Salvé el pellejo por los pelos. Me arrastré por el suelo como pude y me escondí detrás de un cubo de basura mientras las balas volaban por encima de mi cabeza. Desde allí pude ver en primera fila cómo muchos de aquellos desalmados iban cayendo unos detrás de otros.

El crack del 29 llegó y muchos de aquellos negocios que habían sido florecientes se fueron al carajo. En la asesoría, las torres de papel comenzaron a desfallecer y en pocos meses desaparecieron las mesas, las sillas y los percheros que ahora vivían de nuevo arrumbados en el descampado cercano. Siguiendo el mismo orden en el que habían llegado los ratones contables fueron abandonando el lugar. Recuerdo que en los días finales el local había recobrado de nuevo la tranquilidad de los primeros tiempos y que se podía entrar y salir de él sin obstáculos. La asesoría se había vuelto un lugar diáfano y la luz que entraba por la puerta de la calle se suspendía suavemente sobre el suelo.

La última jornada pusimos al correo alguno facturas impagadas. El jefe cerró la puerta y bajó la trapa del local. Nos miramos como dos desconocidos, nos dimos la mano y nos separamos caminando cada uno en una dirección distinta de la calle. Después de tantos años sumergido en la oscuridad de la oficina y de la noche me di cuenta de que aún existía la claridad de la luz del día y que ésta me molestaba mucho en los ojos. Advertí varias cicatrices por el cuerpo que debían ser recuerdos de mis investigaciones., Tosía como un tuberculoso y tenía eccemas en las manos ocasionadas por el papel y las tintas. Además la humedad de aquel cubil me había invadido el cuerpo de artritis y sufría vómitos y migrañas frecuentes que provenían del humo de los infinitos cigarrillos que fumábamos y de los vértigos que me provocaba el mal estado de mi columna a causa de la mierda de silla que tenía.

Pensé, quiero cambiar de vida de manera radical. Abandonar la vieja buhardilla que tengo alquilada y en la que apenas quepo de pie sin darme un buen coscorrón en la cabeza. Mudarme a vivir a un apartamento con luz y un poco de espacio en el que al menos pueda tener una estantería donde colocar mi querida colección de novela negra, una cama donde tirarme a leer y una mesa donde apoyar mi vieja máquina de escribir. Quiero vivir en Manhattan. Salir a correr por los parques a la caída de la tarde y disponer de tiempo para disfrutar del jazz y del swing en los locales de negros del Harlem. En ellos renacerá mi inspiración. De los garitos ocultos en los callejones más recónditos donde la gente se deja abrazar por la música y las pasiones de la vida. De mis enormes caminatas que me llevén de un lado a otro de la ciudad y que llenen mi imaginación de personajes y de historias. Quiero andar sin rumbo y dejar que el azar me vaya guiando. Entrar en un museo y sorprenderme viendo un puñado de obras de arte o transitar por un mercado donde los vendedores se desgañitan anunciando su mercancía y los compradores caminan absortos mirando a un lado o a otro en busca de algo que les llame la atención. De vez en cuando, las piernas se quejarán por el cansancio y yo me sentaré en un banco o en la terraza de un café. Fumaré un cigarrillo y entre sorbo y sorbo aprovecharé para tomar algunas notas en mi libreta: apuntes vagos, impresiones fugaces de todo aquello que haya ido absorbiendo mientras caminaba. Quizás los rasgos de alguien que me hubiera llamado la atención, los primeros indicios de lo que luego se convertiría en un carácter, un personaje.

Tendría que remontarme a mis años de estudiante para encontrar el origen de esta pulsion irrefrenable por las escritura, el dibujo y las músicas de trompeta y saxofón tocadas “round midnight”. Sé que soy bueno escribiendo. Realmente bueno. Me gusta escribir y contar historias. Y quiero dedicarme a ello. Tengo un don especial para hurgar en las pasiones y en las miserias de la condición humana y quiero sumergirme en ellas con profundidad para después contarlas.

Corren tiempos difíciles. Lo sé. En estos años de depresión que han venido después del crack de la Bolsa hay mucha gente que se ha quedado sin trabajo y las oficinas de desempleo se llenan todas las mañanas de parados que hacen cola para conseguir un contrato por horas que les ayude a subsistir algunos días. Pero es cierto que cuando aparece una crisis también surgen nuevas oportunidades. Los seriales en la radio, el cine o los teatros de Broadway no paran de demandar nuevos talentos que les surtan de nuevas historias y yo quiero ser uno de ellos. El mundo nunca se detiene y los nuevos inventos siempre han sido una fuente de nuevas oportunidades. Las mejores, sin duda, porque detrás de lo nuevo siempre está el dinero. Y yo quiero ganar mucho dinero haciendo lo que más me gusta que es escribir.

Quiero aprovechar mi curiosidad por la insoportable levedad del comportamiento humano para crear decenas de novelas negras, seriales radiofónicos, obras de teatro y guiones de películas que mezclen a la vez el misterio con el amor y los celos con la venganza. Elaborar argumentos tan envolventes que los lectores se agolpen a la puerta de las librerías o de las taquillas de los cines y teatros para poder sumergirse en tramas pasionales y nauseabundas.

Saldré a la calle para descubrir las miserias de los ricos y la avaricia de los pobres, sus lados más oscuros y vulnerables. Descubriré sus corrupciones y sus infidelidades. ¿Por qué aquella mujer ricachona se enamoró de aquel canalla barrio bajero que al final le acabó robando toda su valiosa colección de arte? ¿Cómo sucedió? ¿Qué hizo que alguien como ella, culta y refinada, amante de la música y de las bellas artes, se echara en los brazos de un raterillo de barrio? ¿Por qué una mujer que había estado casada con un noble inglés rancio y remilgado fue encandilada por la verborrea y la capacidad de adulación de un desgraciado? Este es el tipo de material que me apasiona. Me encanta bucear en los bajos fondos de la condición humana. Eso sí que es vivir con intensidad y hacerlo a toda máquina, cruzando con hilo y aguja la vida de varios personajes a la vez.

Quiero entender por qué a los seres humanos nos pasa lo que nos pasa, descubrir dónde habitan las fuentes del odio y la codicia y revelar por qué aparecen esos agujeros por los que nos precipitamos al vacío una y otra vez, sin ser capaces de aprender nada. Y cuando me conozcan, los periódicos y las editoriales me llamarán insistentemente. La gente reconocerá mi trabajo y los cheques no dejarán de llegar, mes a mes, uno detrás de otro, demostrando que las ventas van viento en popa. Me sentiré vivo y comenzaré a viajar y a recorrer otros países y otros continentes. En tren, sobre todo en tren. Adoro viajar despacio en los largos expresos que se toman su tiempo. Ello me permite mirar detenidamente a través de la ventanilla y escribir al mismo tiempo que avanzo. O dormir si es eso lo que me apetece. Recorreré Europa y el Mediterráneo en esos convois de medianoche que te dejan por la mañana en una nueva ciudad de la que nada conoces y en la que todo se despliega para regalarte el placer instantáneo de estar vivo. Atravesaré el norte de África o el continente americano de un extremo a otro, desde Canadá hasta Chile y Argentina. Me subiré al ferrocarril transiberiano o exploraré la ruta de la seda desde China hasta París. Dejaré de ser ese hombre sórdido y gris aplastado por un trabajo oscuro y mal pagado. Quiero ser otro Giaco distinto, una persona sana, confiada, sonriente y agradecida. Alguien al que no le importa hablar de sí mismo, sin miedo al fracaso y sin preocuparse por lo que los demás puedan decir de él.

Quiero cuidar mi salud y comer sano. Dejar de lado las fritangas en los take aways de la calle o las hamburguesa y las pizzas que engullía mientras iba corriendo a coger el autobús o subía aprisa por las escaleras. He de aprender a comer pausado poniendo en primer lugar la mesa y después tomarme la molestia de sentarme bien. Hacerme yo mismo la comida en casa en vez de andar de tasca en tasca comiendo bocadillos. Comprar las verduras y las legumbres en las tiendas de alrededor y prepararlas con mimo y dedicación para que salgan deliciosas y no desabridas como me ocurre ahora cada vez que me aventuro a preparar una ensalada o un arroz. Dejar de fumar y de beber y acostarme a una hora normal que me permita levantarme por la mañana a una hora razonable lleno de optimismo y energía. Y  abandonar con el tiempo, si es posible, los hipnóticos y los ansiolíticos que son los que me han ayudado hasta ahora a conciliar el sueño. Fueron tantos los años que trasnoché en busca de pruebas para cuadrar la contabilidad que ya casi no recuerdo la última vez que me fui a la cama a una hora razonable.

Quiero leer muchos libros de temas tan variopintos como la filosofía, la religión, la espiritualidad, el ocultismo, la historia del arte, la escultura, la pintura, la fotografía o la literatura, por supuesto. De todas esas fuentes, junto con mis vivencias surge el manantial de la creación. Aprender de todo para luego tener recursos y poder escribir. Me gusta esa idea de convertirme en un maestro de mi mismo. Los grandes personajes de la historia siempre han sido muy autodidactas y han creído en sí mismos para crecer. Yo también quiero imitarles y saber aprovechar la sorpresa y lo inesperado que es donde se encuentra la belleza de vivir.

No quiero tener. Ni tampoco acumular. Sólo disponer de lo justo para vivir y experimentar. Caminar con poco equipaje sintiéndome libre y ligero.

Y compartir mis experiencias con esa mujer maravillosa que conocí un día en University Square, en el café de Beaux Arts. Así me gustaría ser.

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