Amor y Danza

…para Elena y Jorge

Quizás las cosas importantes suceden siempre sin pensar. Un día cualquiera te levantas por la mañana y así, por azar, aparece alguien que de repente se convierte en inseparable en tu vida. Desayunas y te arreglas como siempre, como cualquier otro día. Coges la bolsa del armario y sales con prisa a coger el metro o el autobús. No lo esperas. No lo sabes. No existen pronósticos. Tampoco certezas. Y de repente, al aparecer ese alguien todo se ha transformado. El universo ha girado. Quizás fue así como nos encontramos. O como os encontrasteis. Quizás, no lo sé. Y ya ves, hasta hoy.

Una música. Un instante. Escuchas por azar una melodía nueva que te sorprende, que te hipnotiza y a partir de ese entonces quieres seguir escuchándola y tarareándola una y mil veces sin desfallecer. Quizás ocurre así con la danza. Quizás. No lo sé. Empiezas sin saber bien qué es todo aquello. Atraído por la belleza de lo desconocido. Simplemente te gusta y nada más. No reparas en inconvenientes o dificultades. No sabes nada. Ni qué es un plié, ni un relevé, ni un rond de jambe. Nada. Sólo sabes que aquello te gusta y quieres intentarlo. No buscas más razones porque no las hay. Inicias el camino sin pensar si éste va a ser corto o largo. Estás contento de recibir la luz y el calor del sol que se posa con suavidad en la cara. Y luego con el tiempo y las lluvias vienen otras cosas. La disciplina. El trabajo. Las dudas. O los atardeceres. La rutina de insistir e insistir que también es necesaria. Pero eso ya es otra cosa. Eso aparece después. Después del comienzo quiero decir. Sin embargo, el primer día, cuando todo sucede, cuando caminas por primera vez entre barras y espejos, con el paso dubitativo y la mirada que resbala por el suelo mientras sorteas la curiosidad de los demás, nada está previsto. Todo es mágico. Estás allí y simplemente quieres seguir.

Encuentras un día a ese alguien, uno cualquiera, qué más da. Inesperado, impredecible, inseguro. Ambos inseguros. Quizás uno sentado al lado del otro, quizás, en una mesa de frente o de pie en un lugar que parece habitual y de repente, sin explicación se torna en desconocido. Desconocidos ambos sí, pero atraídos. Con disposición segura para continuar juntos, para descubrir poco a poco lo novedoso de ese algo o alguien que acaba de cruzar la senda invisible que vas dejando al caminar. Y sí, parece que sí, que aquello funciona. Quién lo iba a decir. Con ese alguien me entiendo. No es necesario buscar frases hechas para agradar ni tampoco tener que explicar mis silencios. Ni ser distinto de cómo yo soy en realidad porque tal y como soy está bien. No necesito rebuscar ideas imposibles para sorprender porque lo sorprendente, lo que de verdad merece la pena, es hacerlo juntos sin decepcionar ni capitular. Y poco a poco aquello novedoso se convierte en conocimiento y en seguridad y también en ilusión y calma. Y así día a día sin desfallecer porque queda tanto que aprender y tanto por vivir que merece la pena seguir juntos probando, repitiendo, perfeccionando el amor y la danza que son quizás lo mismo.

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