Surcos

Hincó el arado en el suelo y la tierra empezó a sangrar. Y la sangre corrió por los surcos inundándolos. Fue una premonición, un augurio. Miró al cielo. Se restregó las manos rugosas contra los pantalones dejando sobre ellos una estela parduzca de barro y sangre. Abandonó todo y corrió apresurado hacia el pueblo. El viento removió las ramas de los árboles y espantó a las miriadas de pájaros negros que volaron puntiagudos hacia el cielo. Entró en las cuadras. Los perros ladraban enfurecidos pero las cadenas y los bozales les impedían abalanzarse sobre él. No le reconocieron. El vagido del ganado sonó estridente. Tiró de las ubres de las vacas y percibió ese color amarillento y ese sabor ácido de la leche cortada por el miedo. Fueron signos de que el viento de la locura estaba arreciando. Recorrió el pasillo de la casa y al pasar al lado de la cocina percibió a su madre derrumbada sobre la mesa, con la cabeza abatida sobre los brazos. Quizás lloraba. Quizás moría. El humo que salía de la cazuela era negruzco. La comida se había quemado hacía ya días y el óxido abrasado olía a herrumbre. Comprendió lo qué tenía que hacer, como en tantas otras ocasiones desde que había sido un muchacho. Subió a su cuartucho, cogió la maleta de encima del armario y la arrojó sobre la cama. Pensó en echar algunas ropas inservibles dentro de ella pero enseguida recordó que adonde iba no hacía falta nada. La cerró y así con ella vacía sobre las piernas esperó a que llegara su hermano con el coche. Partieron hacia la luz blanca de aquel sol que entraba a chorros por el parabrisas deslumbrándolos. La misma luz que ahora rompía por la ventana de su habitación en el hospital, caliente y devastadora a la vez. Se remansó, se aquietó, lo envolvió. Cubrió su mirada y los objetos de alrededor. Desbastó los colores y diluyó las formas. De nuevo habitaba en el resplandor, uniforme y cegador de la locura.
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